Fechas de caducidad

Venía desde ayer pensando en comentaros sobre las fecha de caducidad, algo en lo que pienso mucho últimamente.

Iba a escribir algo mucho peor, pero con el mismo contenido, -o eso me habría gustado- que lo que he acabo de leer en palabras de Sándor Márai encontradas en su libro “La Hermana”; y por eso mismo hasta que retome el tema y pueda aproximarme a la sapiencia y elegancia de la prosa con la que expresa esta desazón, me voy a limitar a reproducirlas, con su difunto permiso y mi absoluto respeto, para vuestra reflexión y disfrute.

Se trata de la confesión de un viejo y experimentado médico a su paciente, que en privadísima conversación le dice algo que estoy experimentando en mis propias carnes. Y aqui viene.

-¿Cuál cree que es mi primera sensación al entrar en una habitación desconocida y ver a un extraño gimiendo? […] Me viene a la cabeza una pregunta: ¿Cuál es la mentira que hay aqui? Me refiero a cómo la mentira de una vida ha llegado a traducirse en enfermedad. ¿Cómo se ha convertido todo lo que había en la habitación, todo en el cuerpo y el alma de esa persona en determinados datos clínicos: cálculos biliares, acidez gástrica, trombosis o…? ¿me entiende?

-Le entiendo.

-[…]La mentira que el día anterior se llamaba trabajo o deber, ambición o amor, o vida familiar – prosiguió – Han sido necesarios miles o decenas de miles de días y noches  para que en el interior de un cuerpo, en su sistema nervioso, en sus sentidos, esa mentira se transformara  en una única realidad insoportable, hasta que un buen día el organismo, todo el individuo, anuncia con un gemido penoso que la mentira se ha convertido en una intolerable sensación de pánico. Grita que ya no soporta su entorno o su propia vanidad, o la rutina  con que ha pretendido tapar el vacío de su vida, que ya no soporta la mecánica repetición  en que se ha transformado el talento que un día le fue concedido por dios. Y entonces sigue gimiendo y gritando, porque ya no aguanta la mentira transformada en enfermedad. Y siente náuseas, como si lo hubieran envenenado. Y, en efecto, lo han enevenenado con un veneno pertinaz y desconocido  incluso por los curanderos de los Médicis o los Borgia… La vida es veneno si no creemos en ella, si ya no es más que un instrumento para colmar la vanidad, la ambición y la envidia”

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