Maletas sin deshacer

Y sí… Cogí mi maleta, primera vez en casi tres años… ¿Me viste acaso hacerla, a lo lejos, callado y sin decir nada?

No, ya sé que no. Sé que te pilló por sorpresa la decisión y la casa vacía, en la que sólo reparaste cuando te dije unas pocas palabras de despedida, ésas que nunca te debiera haber dicho, las palabras que había decidido y prometido guardar para mí.

Miraste el hueco como un padre, queriéndome hacer saber que siempre tendría mi espacio, aunque no, no lo dijiste, y tal vez sólo quiero pensar que así es, porque tú nunca me dijiste eso, no dijiste “aqui estará siempre tu casa”, ni “vuelve cuando quieras”.

Al contrario en una especie de reproche espetabas “¿ya está? me voy aqui te dejo con tu casa y tus líos. ¿Eso es todo?” Entonces yo uno por uno fui enumerando veladamente, sin concretud, todas las razones que había prometido no decirte.

Y desde aquel día, la casa vacía, la maleta sin deshacer y las decisiones a medio tomar… Es duro abandonar a un padre. Y sigo sin casa, y sin actitud pero poquito a poco sé que mi nuevo hogar se irá cimentando y que tal vez, esto sirvió para con más fuerza encarar la vuelta a mi refugio, al hogar que antes, al aire libre estaba hecho sólo de palabras y de espacios abiertos. Los indios libres no necesitamos más que un trozo del bosque para ser felices. Yo abandoné el mío, y sólo espero ahora volver a alcanzarlo, sin buscarlo sin forzarlo: que mis pasos sin rumbo, como siempre, me devuelvan a mi tierra fértil.

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