Síndrome de abstinencia y desintoxicación.

Se dice que uno no puede asegurarse rehabilitado de una sustancia hasta que lleva dos años y un día sin consumirla. Como una sentencia condenatoria: Dos años y un día…

Y eso sin tener en cuenta el tiempo de consumo, ignorando si fueron lustros, décadas o siglos de uso y disfrute de la sustancia en sí misma. Si pasas sin ella ese tiempo, estás curado.

Yo me siento desintoxicada ya, y por eso sé lo cerquísima que estoy del peligro, lo fácil que sería recaer, por darme una vez más -sin el lastre del hábito- el lujo de una nueva sesión.

Por eso sigo alerta, y evitando tentaciones, porque sé que el recuerdo y el odio nuevo que me visita no es más que otra forma de extrañar, una forma distinta de saber que lo echo de menos. 

Y mientras pasan los días, las semanas de abstinencia que voy contando como preso que espera que se cumpla su condena, sé que ese odio que te tengo es sólo amor propio, y una forma de reproche. 

Te engañaste creyendo que yo te amaba; te comportaste conmigo como si yo fuera una tonta y simple quinceañera embobada. Has de saber, como yo siempre supe, que de lo que siempre he estado enamorada es de la vida y de mis propios sentimientos, y no de ti, que como sustancia que eres, no eres nada sin que yo te consuma, porque como sustancia que eres, necesitas un cuerpo para hacerte concretar. Y ese no era tu cuerpo, sino el mío.

Yo soy real, y tú tan solo la ilusión que proyectas en cada uno de tus trucos.

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