Lo que sé de libros y “dejen todo en mis manos”, de Mario Levrero

Quisiera aclarar que no sé nada de libros.

Jamás he osado a sobrepasar la simplista etiqueta  “me gusto/no me gustó”, porque lo único que sé de libros, leerlos, me enseñó que hay toda clase de ellos para toda clase de personas.

Sé también que hay una literatura “capitalista”, la de las grandes masas, la que se vende como imprescindible en determinadas épocas del año, golpeando con imágenes desde los comerciales en televisión o desde las páginas de los diarios. Literatura del dinero…

Desde la infancia de los apenas 4 años que tenía cuando me enseñaran a leer, he de reconocer que he leído muchas mierdas y algunas obras maestras también.

El único arrojo de crítica literaria que poseo es saber cuándo una lectura puede mover y transformar los cimientos de la propia visión de las cosas -de la literatura misma-  y cuándo se ha tratado de un pasatiempo ligero, digestivo, que mi privilegiado metabolismo saca de mí en pocas horas.

Quiero decir con esto, que no hay en mí ningún ánimo divulgativo ni pedagógico en reseñar mis lecturas, ni pretendo siquiera que mi opinión se valore:  no creo -ni pretendo- ser merecedora de ingresar en ningún círculo intelectual o de juicio a terceros.

Yo expresaré mi opinión, desde la sencillez de mi barrio marginal por el que casi nadie pasa.

Quiero decir, al fin, -y creo que me he extendido de más en este punto-que no tengo ni puta idea sobre libros, sobre nada en particular, ni sobre cualquier menudencia de la vida;  que sólo soy una ignorante que lee, que escribe, que vive y que piensa cosas probablemente equivocadas, y que desde ahí se activan mis comentarios.

Déjenme pues, que pase a comentarles a grandes rasgos, lo que yo sí llamo obra maestra. Déjenme que confiese avergonzada que no había leído a Mario Levrero.

Dejen todo en mis manos es la historia del manuscrito de una novela de primera que llega a una editorial de tercera, trastocando con su anonimato el magnífico plan de edición que se tenía para ella. Tras los fallidos intentos del editor por encontrar al autor  se le encomienda -por total casualidad- a nuestro narrador el encargo de encontrar a su dueño.

Esta sencilla trama, casi policíaca, le sirve a Levrero para desplegar con enorme sencillez y belleza el relato de la cotidianidad de este hombre de escaso éxito al que ni tan siquiera se digna el mismo Levrero a bautizar con un nombre.

Con fina ironía y sentido del humor, (pero enredado en tan bellas metáforas que ni la risa me salía, porque los ojos contemplaban esa prosa aterrorizados de perfección) Levrero termina la novela con la resolución del misterio y encontramos al autor del dichoso manuscrito anónimo, que a esas alturas ya no interesa a nadie, porque estábamos más que satisfechos simplemente con la posibilidad de acompañar a este improvisado detective en su fracaso o en su huída o allá donde él nos quisiera llevar.

¿Me creéis si no puedo sacarle ninguna pega a esta novela? ¿Me creéis si os digo que esa sencillez es lo máximo a lo que (pienso) pueden aspirar los escritores de cualquier lugar? Pues no miento, así lo creo.

Detesto a esa clase de autores que supuran arrogancia cuando escriben; aquellos que mediante categóricas afirmaciones se esfuerzan por sentar cátedra en cada frase… Ni un solo deje de soberbia se asoma a la prosa de Mario Levrero, cosa que me reafirmó en mis convicciones contra aquellos pequeños tiranos redichos, contra los que escribiré en otro momento, eso ya es cuestión aparte…

Pero es que fue así, en contraposición con los “re-dichos”, cuando más en evidencia quedó esa superioridad que sólo llega por el camino de la humildad y del que la prosa de Levrero está repleta.

El humor que marca sútil e implacablemente el destino de esta novela se marca desde el principio, en las primeras descripciones de nuestro narrador un autor de novelas  “buenas, pero…”  Literalmente:

Mis novelas pertenecen a esa clase; buenas, pero… Los críticos se esfuerzan por clasificar mi literatura como perteneciente a tal o cual categoría, pero los editores son más realistas y unánimes; hay una sola categoría posible para mi literatura: buena, pero…

Se sigue manifestando una crítica fina y humorística  a todo aquello  que tiene  que ver con las actividades inherentes al oficio de escritor. Mi preferida:

Pero aquí no existe la profesión de escritor, y el escritor está obligado a hacer cualquier cosa, excepto – naturalmente – escribir, si quiere continuar sobreviviendo.

El sentido del humor de Levrero se manifiesta incluso en los nombres de las poblaciones (Miserias, Desgracias, Penurias…) y se hace especialmente afilado cuando de describir caracteres de personas se trata: “llevaba el busto bien ceñido, volcado hacia adelante y hacia arriba, y lo manejaba agresivamente, para acorralar”;  sin que resulte el humor la piedra angular del libro.

No es en consecuencia, un libro-chiste lo que leemos, sino que conocemos la complejidad del alma y los pensamientos de nuestro narrador, paseando de buena gana por su vida, disfrutando de cada frase, de cada encuentro, de cada nueva señal de debilidad de su personalidad imperfecta.

Uno de los pasajes que más me ha entusiasmado, no lo transcribiré aqui, se trata de un bizarro encuentro con un antiguo compañero de escuela que termina en una retahíla de reproches e insultos infantiles.

Levrero convierte lo más cotidiano en una explosión de color y fuegos artificiales.

Una obra maestra, en mi opinión, y por lo que tengo entendido ni siquiera es uno de los mejores libros de Levrero.

Y aunque tengo en mi estantería El discurso vacío del mismo autor, advertida de la finitud de su obra, voy a reservarlo para más adelante. Voy a tratar de no agotar sus palabras, al igual que aquel personaje famoso que siempre se hacía acompañar del último libro que habría de leer en su vida. Mira si me gustó.

Con infinita gratitud a Mario por sus letras, un homenaje y un descanse en paz

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9 Respuestas a “Lo que sé de libros y “dejen todo en mis manos”, de Mario Levrero

  1. Atravieso al galope la página por primera vez -sesuponequeestoytrabajando- y veo muchos viejos conocidos: Fanté, Bolaño, Vila-Matas … estaré pendiente. Un saludo. Oesido.

  2. Saludos Oesido, tu sitio me encantó y lo enlacé con tu permiso… Bueno la verdad es que fue sin tu permiso… Encantada de la visita, aunque haya sido veloz. Por aqui siempre guardo cervezas frías para los invitados; )

  3. Aquí de nuevo. Leo este y otros post con más calma. Dices que no tienes ni puta idea … pero tu post me anima aún más a leer por primera vez a Levrero, del que tengo lista La novela luminosa, único libro que he encontrado de él en las librerías. Y ánimo. Persiste en tu vocación (¿escribir?).

  4. Muchas gracias Oesido por la visita y por los ánimos.
    Respecto a Levrero, sólo leí éste y a mí me encantó. Me hablaron muy bien de la novela luminosa, así que espero que lo reseñes pronto!!

    Saludos!!

  5. Pingback: 105.- ¿EL PROPIO LEVRERO? « Blog de Oesido

  6. LO QUE PUEDO PENSAR QUE EL LIBRO ES EL MEJOR AMIGO DEL ESTUDIANTE

  7. Hola, Maja:
    Toda la introducción previa a tu reseña es, palabras más o menos, las mismas que yo escribí hace más de dos años, cuando empecé a reseñar libros en el blog. Soy sólo un lector empedernido, al que la familia materna no tuvo mejor idea que enseñarle a leer a los 2 años de edad.
    Por otra parte, fiel a tu estilo literario y a exponer literalmente tu pensamiento, tu análisis sobre la misma obra es más profundo que el que yo mismo he realizado. Comparto contigo tanto las palabras como el entusiasmo que éste había generado.
    Lo que me sorprende es que tu estás en España, y el que vive junto al Río de la Plata soy yo!.
    Debe ser que la buena literatura es apreciada por buenos lectores, independientemente de nuestra ubicación geográfica.
    Recibe un beso mío, desde estas costas.

    • Estimado Marcelo, muchísimas gracias por tus más que amables palabras. Beso recibido y enviado otro cargamento hacia Río de la Plata. Gracias por tu paseo hasta Madrid, te lo agradezco más sabiendo lo lejos que te encuentras de estos barrios.
      Salud, te leo pronto!

  8. Pingback: ¿El propio Levrero? | Blog de Oesido

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