Franco me hizo terrorista: memorias del anarquista que intentó matar al dictador

La mejor manera de conocer la historia de nuestro propio territorio es acudir a fuentes externas. La gente que mejor está documentando nuestra historia son foráneos. Bien sabido es que el continuismo del régimen se vale de sus buenas estrategias de marginación, ridiculización y menosprecio de cualquiera que pretenda echar la vista atrás. Por la cuenta que les trae, porque probablemente las poltronas de ciertas altas esferas se quedarían vacías de ser éste un país donde la verdad valiera algo. Pero como no es el caso, he debido enterarme de ciertas cosas, incluido de este caso de intento de magnicidio del dictador, a través de lo que cuentan desde fuera de las fronteras.

Stuart Christie tenía 18 años y ya militaba activamente dentro del movimiento anarquista. Tan activamente como para participar en el atentado que en 1965 trató de acabar con el dictador. El joven escocés no vino directamente a España: pasó por París y conoció a otros militantes, grandes nombres del anarquismo. Entró haciendo auto-stop por la frontera pirenaica, y llegó a Madrid, donde fue detenido en la oficina de American Express, en la que debía recoger una carta con el resto de sus instrucciones que nunca llegó a sus manos, sino a las de la Brigada Político Social. 

¿Quién puso sobre aviso a la policía? ¿Quién actuaba de chivato, de agente doble o de infiltrado? Gran problema en todo movimiento… No se sabe, no se contesta.

Sin embargo sí nos cita otros nombres llamativos, como el de Guerrero Lucas, controvertido nombre de la dictadura y el régimen post-franquista (normalmente llamado “democracia”)  infiltrado en Defensa Interior (una de las ramas radicales de CNT) y posterior consejero de Rafael Vera fuertemente implicado en los GAL.  Muestra de lo poco socialista que es es el socialismo español oficial y ejemplo también de cómo se premia en nuestro país el cinismo y la mezquindad.

Os podría contar más cosas. Muchas más cosas que aparecen en este libro. Demasiadas, quizá. Por eso creo que los libros políticos deberían escribirse con menos conocimientos. Ojalá Christie hubiera escrito su testimonio desde dentro de la cárcel, o quizá nada más salir, con menos información y menos perspectiva. Con la inocencia y la perplejidad aún intactas.

De su paso dentro de la cárcel advertimos que tras el grito de Millán Astray ¡Muera la inteligencia! el lugar donde la intelectualidad, las letras y el intercambio de opiniones era más fluido sin duda era la cárcel, atestada de profesores universitarios, estudiosos y literatos de toda índole que debieron compartir exquisitas tertulias dignas del mejor salón de té.

Con este libro me pasó como con la mayoría de libros que cuentan hechos políticos: demasiada información, poca literatura…  Lógico. En todo caso, las referencias a libros, ideas y ética de Stuart, el resto de presos y del movimiento anarquista no dejará indiferente a nadie.

Eso sí: debía haberse dejado a cargo de un buen prosista la reescritura de la obra. A pesar de que Stuart ha editado y escrito multitud de libros, el estilo podría “remozarse”.

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