Franco me hizo terrorista: memorias del anarquista que intentó matar al dictador

La mejor manera de conocer la historia de nuestro propio territorio es acudir a fuentes externas. La gente que mejor está documentando nuestra historia son foráneos. Bien sabido es que el continuismo del régimen se vale de sus buenas estrategias de marginación, ridiculización y menosprecio de cualquiera que pretenda echar la vista atrás. Por la cuenta que les trae, porque probablemente las poltronas de ciertas altas esferas se quedarían vacías de ser éste un país donde la verdad valiera algo. Pero como no es el caso, he debido enterarme de ciertas cosas, incluido de este caso de intento de magnicidio del dictador, a través de lo que cuentan desde fuera de las fronteras.

Stuart Christie tenía 18 años y ya militaba activamente dentro del movimiento anarquista. Tan activamente como para participar en el atentado que en 1965 trató de acabar con el dictador. El joven escocés no vino directamente a España: pasó por París y conoció a otros militantes, grandes nombres del anarquismo. Entró haciendo auto-stop por la frontera pirenaica, y llegó a Madrid, donde fue detenido en la oficina de American Express, en la que debía recoger una carta con el resto de sus instrucciones que nunca llegó a sus manos, sino a las de la Brigada Político Social. 

¿Quién puso sobre aviso a la policía? ¿Quién actuaba de chivato, de agente doble o de infiltrado? Gran problema en todo movimiento… No se sabe, no se contesta.

Sin embargo sí nos cita otros nombres llamativos, como el de Guerrero Lucas, controvertido nombre de la dictadura y el régimen post-franquista (normalmente llamado “democracia”)  infiltrado en Defensa Interior (una de las ramas radicales de CNT) y posterior consejero de Rafael Vera fuertemente implicado en los GAL.  Muestra de lo poco socialista que es es el socialismo español oficial y ejemplo también de cómo se premia en nuestro país el cinismo y la mezquindad.

Os podría contar más cosas. Muchas más cosas que aparecen en este libro. Demasiadas, quizá. Por eso creo que los libros políticos deberían escribirse con menos conocimientos. Ojalá Christie hubiera escrito su testimonio desde dentro de la cárcel, o quizá nada más salir, con menos información y menos perspectiva. Con la inocencia y la perplejidad aún intactas.

De su paso dentro de la cárcel advertimos que tras el grito de Millán Astray ¡Muera la inteligencia! el lugar donde la intelectualidad, las letras y el intercambio de opiniones era más fluido sin duda era la cárcel, atestada de profesores universitarios, estudiosos y literatos de toda índole que debieron compartir exquisitas tertulias dignas del mejor salón de té.

Con este libro me pasó como con la mayoría de libros que cuentan hechos políticos: demasiada información, poca literatura…  Lógico. En todo caso, las referencias a libros, ideas y ética de Stuart, el resto de presos y del movimiento anarquista no dejará indiferente a nadie.

Eso sí: debía haberse dejado a cargo de un buen prosista la reescritura de la obra. A pesar de que Stuart ha editado y escrito multitud de libros, el estilo podría “remozarse”.

¿Libertad de expresión o libertad de mercado?

La cuenta atrás ya ha empezado y apenas han dado más aviso de bomba que un par de anuncios con ese amenazante próximamente. El par de aviones en rojo difuminado han hecho el resto. La cadena de Jorge-javier prepara una deliciosa ración de morbo con vísceras. El crimen será perpetrado, previsiblemente el día 20 de agosto del presente año en el segundo aniversario de la tragedia del vuelo de Spanair.

La cadena se alza en armas contra la censura: se abanderan en pro de la libertad de expresión. Son muy defensores de la libertad de expresión cuando se trata de la suya; si la libertad de expresión se ejerce para criticarlos usando pruebas de los hechos en las mismas imágenes que ellos generan, entonces correrán al juez de turno para defender su honra.

Estos de Tele5 han cogido carrerilla y ya no piensan parar hasta poner toda la carne en el asador –preparan otra miserie, (perdón, mini-serie) sobre el atentado del 11 de marzo en Madrid– ¿estamos hablando de libertad de expresión o de libertad de mercado? ¿La libertad de expresión de quién se está quebrantando? ¿Acaso tiene la misma libertad de expresión quien perdió a su familia por la avaricia empresarial y no le dejan decirlo, que quien pretende hacer un homenaje en la franja horaria de mayor share, y recaudar de paso unos ingentes ingresos a cambio de espacios publicitarios?

A estas alturas de la película más nos vale utilizar nuestros derechos como consumidores, porque está claro que como ciudadanos no valemos una mierda.

No sé qué ocurrirá finalmente con la miniserie de Tele5, ni qué podemos hacer para evitar el crimen -que finalmente es más bien económico-. Lo único que se me ocurre como muchas otras veces, es desterrar el canal de Mussolini de mi parrilla, y desear con mucha fuerza que el resto de nosotros haga lo mismo. También puede encontrarse mierda en el resto de canales. Sólo hay que saber buscar.

Saber y gañán.

Se puede saber mucho y ser un gañán.

Incluso existen  personas a las que la cultura les  sienta como a una puta una sotana. Me pregunto si se darán cuenta de que resultan un esperpento.

Todos nos convertimos un poco en lo que  odiamos con el paso de los años. Yo hubiera odiado profundamente currar en un edificio que hasta hace cuatro días ostentaba el nombre de Franco en el frontón. Mi sueldo procede de una institución odiosa.  Es lo que hacemos los pobres: resistir.

Son reflexiones típicas que se hacen en los funerales cuando uno se pregunta qué pasó y más si -como en  la canción- la muerte responde a causas ridículas: se recuerdan anécdotas sin importancia y las que resultaron en un momento odiosas se difuminan. Se ven a lo lejos como chiquilladas sin sentido.

Pasaron sólo para mis ojos fotogramas de tus prontos enfurecidos ante cualquier crítica, y recordé que casi sólo eras un niño, un niño acomplejado y soberbio con  un miedo terrible a no estar en posesión de la verdad. Recordé las veces que has empuñado el bolígrafo para hacer daño a los demás, y lo que has escrito para tratar de herir, y en mi caso, ese recurso «aprende a escribir», ya lo usaste demasiado. Ahí te pillé en el complejo, en el tonto reproche que más dice de quien lo usa que de quien lo recibe. Conozco a un montón de gente que escribe mal: nunca sentí necesidad de decírselo.

Cuánta información, cuántas horas de lectura mal procesada, mal aprovechada y peor expuesta…  Tanta cultura para terminar siendo simplemente una bestia.

Entonces recuerdo que sólo celebrábamos el fin o una parte del fin de una tortura animal, y te recordé que no estaba todo hecho. Entonces celebraste una victoria territorial, en vez de mantener tu postura animalista… Es que eras tan culto pero tan incoherente…  Tan cínico como las dobles intenciones que mueven el mundo, no te culpo.

Correbous es una de las tradiciones más engañosas de nuestro territorio. Se dice que no se acaba con la vida del animal, pero la mayor parte de las veces hay que regalarle un tiro de gracia después de una paliza multitudinaria y muchas veces mutilaciones. Se les caen las astas o los dientes a causa de las patadas y golpes…  Aunque para ti el tema era lo de menos. Lo importante era que te había llevado la contraria y había que humillar, como siempre. Tú y tu fea prepotencia.

Me pregunto cuál de tus complejos te tuvo así en los últimos tiempos repartiendo barbaridades en letras impresas, en correos electrónicos, revistas y demás…  Sentir demasiada tristeza embrutece y pienso en lo triste que debiste estar.

Es una pena que en homenaje al breve tiempo en el que nos apreciábamos, no puedas saber que nada de lo que dijiste en vida me influyó lo más mínimo. Tu comportamiento esquizofrénico en cuanto a la gente y sus cualidades no te convertían en alguien con un criterio muy fiable, así que no te preocupes, y sólo date cuenta de lo inmensamente feliz que soy para que no te remuerda la conciencia: Tengo los típicos problemas de cualquiera:  gente fantástica alrededor que envejece, que desaparece con los años, igual que tú, y alguna mala gente a la que voy apartando por el camino. Luego están los aprovechados, pero esos normalmente piden sus favores y se van solos.

Espero que ahora puedas descansar en paz tú también. Eso es lo importante en la vida: no tener un nombre, no ser alguien, ni escribir con mucho estilo.

Sólo hay una cosa peor en la vida que no conseguir lo que uno quiere: conseguirlo. Por suerte yo no pedí ser feliz.

Bon voyage, nos vemos en el Infierno.

La crítica que te hice fue esa y únicamente esa: me da lástima pensar que cada vez que vieras una crítica anónima pensases que era yo. Ojalá te hubiera enseñado algunos trucos de informática. No me puedo creer que no aprendieras a rastrear una ip, con todo lo que sabías.

En fin, que la nueva vida te traiga paz.

¿Por qué éste, Levrero?

Al hilo de la lectura de otras reseñas sobre este libro, y como siempre que he de hacer una crítica negativa, me pregunto si soy una inculta…  Me pregunto por qué otros ven cualidades donde yo no veo nada, y me digo «hiciste bien: este blog que se llama Blues Mund está en la calle diariomediocre, así que puedes desfogarte agusto porque tu opinión es nada; es sólo un apunte en una hoja que se desplaza por el aire hacia el vertedero. Dí lo que desees, loca.»

Así que lo digo: Me pareció que el Discurso Vacío de Levrero hace justo honor a su nombre con un desfile de naderías recalcitrantes.

El cabreo con Mario llegó a ser tan fuerte que lo acuso de megalomanía, egocentrismo y falta de humildad -valga la redundancia- puesto que este refrito de diario, ejercicios caligráficos y queja formalizada, me parece del todo prescindible en la historia de la Literatura y la tala de árboles.

El pretexto utilizado aqui para el desarrollo del discurso son unos ejercicios caligráficos que Levrero realiza como terapia, puesto que cree poder mejorar su estado anímico y sicológico mediante el control de la letra manuscrita.  Con esta excusa de ejercitar diariamente su mano se genera un diario informal, producto de la imposibilidad de garabatear letras acerca de nada.

Los temas que surgen mediante estos ejercicios no son muy variados ni muy originales: la falta de tiempo y la imposibilidad de concentración en su labor, la acumulación de tareas sin importancia, las distracciones a causa de la vida familiar, sus mascotas, etc.

Muchas veces me irrita la falta de humildad de algunos escritores: pareciera que creen que sus temas, sus escritos, sus opiniones o su cotidianidad son indispensables y dignos del mérito de la letra de imprenta; otras muchas veces se echan las manos a la cabeza porque la sociedad no les permite vivir de su trabajo, como si estuvieran por encima del vulgo que arrastra sus vidas de mierda y sus despertadores por doquier…, y yo a veces me pregunto por qué creen que ellos deben vivir una vida al margen de las vidas de mierda del común de los mortales…, por qué nos creemos que tenemos algo que debe salvarnos de una vida de mediocridad y anonimato… ¿Qué hemos hecho para eso? ¿Escribir? ¿Disfrutar? ¿Y por qué si nosotros pedimos comer de lo que nos hace felices, no va a poder un albañil cualquiera exigir el pago por su partidilla de mus dominical, a la que también dedica sus anhelos, neuronas y tiempo libre?

Me pregunto esto porque lo único que podría haber salvado mi experiencia con esta novela es pensar que es obra póstuma, obra salvada de la quema por allegados que encuentran entre sus papeles algo con la continuidad suficiente para publicarlo; obra que el autor considerase absolutamente prescindible o no publicable y que para gozo de seguidores se libera tras su desaparición… Pero la introducción a la obra -del mismo Levrero- aleja esta posibilidad. Este crimen fue cuidadosamente planeado…

Y yo me irrito con Levrero por pensar que sus ejercicios caligráficos, su diario, su frustración y su cotidianidad nos son interesantes. Yo me irrito con Levrero que me va describiendo día a día su trabajo de dibujante de letras, y el éxito o fracaso de la empresa, con el Levrero que lanza críticas a su mujer…, me irrito con Levrero que sólo me ha contado de interesante la historia de su perro y su gato el macarra, aunque me importa una mierda su perro, su gato, su mujer, y sus neuras y me molesta que se crea lo suficientemente importante como para que a alguien le importe su estado de ánimo si no es a su perro,  a su gato, a su mujer o a su editor; y me molesta también que lo haga con la excusa de “saber quién es y encontrarse” porque ese es un ejercicio íntimo, y no público, y porque al fin y al cabo, Levrero, lo que somos -deberías saberlo o quizá en la ausencia ya lo sabes- es nada: un pedo en una marea constante de vida y muerte, en el que a pesar de los delirios de grandeza de algunos, a pesar de las enciclopedias y los libros de texto con nombres y fotos de color, no somos nada. Apenas una huella en la orilla que será borrada en el próximo segundo. Eso somos, Levrero: tú y todos.  Somos nada y nada más.

Un grito en el desierto… porque la burocracia apenas nos permite algo más.

Yo estoy sumamente descontenta con la programación de este curso así como con su gestión.
1- Las imprecisiones y erratas en el temario (¡de corrección profesional!) nos han acompañado desde el primer día y han generado inseguridad, confusión y desconfianza. Teniendo en cuenta que este curso trata sobre la corrección, la aparición de erratas resulta, sencillamente, lamentable, mientras que las imprecisiones son, simplemente, intolerables. Además, tampoco me parece que esté debidamente planteado: es exhaustivo en aspectos muy básicos y demasiado escueto en aspectos de corrección propiamente dicha.

2-Los contenidos referidos al uso de herramientas informáticas imprescindibles para el corrector han sido insuficientes. Algunos aspectos, como las configuraciones de word (por ejemplo no escribir alt+ 4 cifras para poner comillas españolas es de los primero que se enseña a un corrector: a configurar caracteres especiales y otras opciones para escribirlos de manera rápida y cómoda) no se han tratado en absoluto y resultan una herramienta de primera necesidad para un desempeño eficaz del trabajo que debería haberse tenido en cuenta. Pero especialmente me parece una falta de previsión grave y una carencia insoslayable que no se hubiera proyectado la enseñanza de la herramienta control de cambios en un curso técnico de corrección. El epígrafe dedicado a herramientas de corrección en general es claramente insuficiente, así como las prácticas de corrección, que además tuvieron que improvisarse a última hora.

3-La disponibilidad del profesor, así como su tardía tarea de corrección son otras dos cuestiones que no han sido satisfactorias, lo cual me parece muy grave, especialmente en un curso on-line: la secuencia del curso, tal y como estaba planteada no se respetó y tuvimos que saltar de bloque en bloque sin saber cuál era nuestro nivel en el anterior. Creo que esto se contradice con la información inicial y con las costumbres del CITA, pues según tenía entendido en otros cursos la corrección de las tareas se hacía casi de inmediato, o al menos, dentro de plazo razonable y especificado de antemano.

4- Las respuestas del profesor (de tres o cuatro líneas) fueron deficientes. La falta de ejemplos y de seguridad a la hora de responder eran una constante. No entiendo, por ejemplo, que un profesor responda con un “no sé” a una pregunta acerca del acceso a fuentes de información que pueda tener suscritas la propia plataforma o sobre las entidades que certifican la formación. Si no lo sabe, debería informarse y luego darnos una respuesta.

5-La comunicación institucional con algunos responsables del propio curso ha sido en general poco profesional. A mí se me ha invitado a abandonar el curso en más de una ocasión –en una de ellas incluso se me amenazó con una expulsión-. No se ha tenido en cuenta que la inversión de tiempo que los alumnos hacemos es, en muchas ocasiones, mucho mayor que la inversión económica. Quizás porque el tiempo es difícilmente reembolsable. Por otra parte, creo que se nos ha faltado al respeto como alumnos en múltiples ocasiones: cada vez que se restaba importancia a nuestras críticas. Por otra parte, los cauces para responder a todas nuestras dudas y críticas no han sido nunca los adecuados.

6- Que se esté anunciando la segunda edición del curso, sin haber concluido ésta, sin haber contrastado nuestra opinión y sin haber modificado ni un ápice el presente curso demuestra claramente que el discurso sobre la calidad no es más que un modo de intentar acallarnos. En este sentido, me siento muy decepcionada: cuando la gestión, programación e interacción de un curso generan tantísimas críticas, la institución que lo organiza debería tomarse un tiempo para reflexionar y mejorar lo que ofrece antes de continuar con su labor.

7- Se ha persistido en el error durante todo el curso y se ha mantenido a un profesor que ha recibido múltiples quejas y que, además, no daba abasto a realizar su trabajo. Esto genera sospechas acerca de la selección del profesorado. Y me molesta profundamente, puesto que yo tendré que invertir más dinero para adquirir los conocimientos que aún me faltan.

8- Por último y para dejar constancia de que hay cosas que me han gustado -y mucho-, he de decir, que el tutor del curso ha sido un verdadero apoyo en nuestra formación, y que los compañeros han salvado mi experiencia por su alta comunicatividad, su grado de exigencia y su responsabilidad crítica.

Después de una larga ausencia…

Pues como veréis he delegado en textos de los grandes dinosaurios estos últimos tiempos. Había que despedirse del camarada Saramago y protestar contra la avaricia de las gestoras de derechos de propiedad intelectual del país, que ya lo hace Sampedro mucho mejor que yo.

Y la gente me pregunta: ¿es que no has leído nada estos meses? Pues lo cierto es no he leído mucho desde que en marzo decidiera regalarme un cursito que llevaba por título el pomposo nombre de “Técnico en Corrección y Redacción”, sólo que al final, el regalo se lo hice yo a ellos: 450€ y un montón de mi escaso tiempo de oro de regalo…

Parece que voy a aprobar, aunque a estas alturas aún no lo sé. El 18 de junio terminaba el dichoso cursito, y a fecha de hoy no sabemos nuestras notas ni si “habemus titulo”, y lo peor de todo, no nos han pasado el cuestionario de evaluación del curso que varios alumnos estamos deseosos de rellenar, con lo que pueden seguir dándose autobombo acerca de su gestión de calidad, de su sistema maravilloso de formación (deformación) on line y de sus magníficos profesores… Me juego el cuello a que hasta el 15 de agosto, por lo menos no lo enviarán, no sea que alguien conteste el cuestionario de evaluación. Yo adelanto que enviaré el mío aparte de a ellos, a la FGSR, a la USAL a la OCU a IWETEL y probablemente a la comisaría más cercana… Y eso que con maderos no hablo excepto causa de fuerza mayor. 

El curso lo impartió un memo pluriempleado de una bajeza moral inclasificable: sabiendo que tenía 24 alumnos que habían pagado 450 € cada uno por “sus conocimientos y dedicación”, ¡se permite  compatibilizarlo con dos o tres trabajos más! ¡en un país con más de 4 millones de parados! No le escupo en la cara porque la vida lo va a hacer mucho mejor que yo (y además el curso es online). Para muestra un botón: las comillas españolas se ponen apretando alt+0171 y alt+0187… O sea que un corrector profesional no sabe que hay que configurar esas opciones para que poner las comillas españolas sea un poquito menos complicado… En fin…

Lo más importante que he aprendido en este curso es a no contratar más servicios a través de esta plataforma que aprovecha la reputación de instituciones de renombre (Universidad de Salamanca y FGSR) para desplegar su catálogo de mediocridad.

Me intercambié además unos mails indescriptibles que dan fé de la incompetencia de dichos “profesionales de gestión de calidad” y de su ineptitud para escribir un par de oraciones seguidas sin meter el gambón y provocarme unas carcajadas memorables: carcajadas carísimas, de 450€ el kilo de carcajadas, exactamente. Uno de los mails era de la responsable-consultora de formación, y sólo en un par de frases entenderéis su incapacidad para elegir a un profesor de lingüística. No cambiaré ni una coma:

«Por lo tanto, decirle que si esta situación continúa y seguimos sin comprender que es lo que pasa realmente procederemos a darle de baja en el curso y a la devolución del importe de la matrícula.»

Así termina la carta: empezaba con un trato coloquial, un trato de tú, pero las amenazas te las hacen de usted en este cortijo… ¡Madre mía! ¡Qué pandilla de primates con mecanografía!

Bueno pues por todo esto, desde marzo, me he ido deshinchando y he perdido tiempo, dinero, categoría y ganas de leer y escribir. Pero leer he leido (aparte de los malos apuntes de un mal profesor de un mal curso de corrección y redacción) algunos buenos libros que no he podido reseñar, y que también, pese a ser buenos libros o correctos, no dejaban mucho margen para una reflexión, o me dejaban un poco fría. Algunos, a bote pronto:

Putas asesinas, del maestro Bolaño: ¡Por fin! Ya tenía ganas de encontrar algo de Bolaño que no me gustase o que no me gustase tanto como acostumbra a gustarme. Pero esto merece un comentario más extenso y serio por mi parte, que prometo redactar en breves. ¿La razón de mi disgusto? Un par de relatos que me dejaron absolutamente indiferente, entre ellos el que da nombre a la compilación.  Como siempre relatos, parrafos, frases, palabras magníficas y bolañorianas a saco. Un relatito me trajo problemas con un jeropa (repite muchas veces y rápido) en el metro, pues al asomarse éste (el jeropa) a lo que andaba leyendo yo, debió de tomarme por la chavala más puta que había visto en su vida… El altercado terminó con un par de aclaraciones en idioma vallecano, y la promesa de una patada en sus partes pudendas… Eso me pasa por leer en el metro de Madrid… Si es que voy provocando.

Kriptonita en el bolso, de Iván Cotroneo, que me gustó mientras la leía, es tierna y divertida a ratos, aunque se me quedó falta de algo que no sabría cómo llamar… Tal vez emoción o verdad o autenticidad, o fondo… Como digo me gustó, pero algo me dice que el negocio editorial quiere (por algún motivo obscuro e inexplicable) elevar a este guionista al olimpo de los escritores consagrados; y yo, o no he entendido nada, o creo que cualquiera con un poquito de imaginación y un poquito de costumbre de continuar tramas (es decir, un guionista) podría haberla escrito… Aunque igual no. En todo caso, no se puede decir que se trate de una novela de grandes pretensiones e interrogantes. O igual sí, pero entonces esta asna se quedó en la superficie. Lindo, de todas formas, y con personajes bien definidos y logrados.

El ardor de la sangre, de Irene Nemirovski, que es una de las novelas de las que más he disfrutado este año. No os dejéis engañar por el título ni el tema, que puede llevar a engaño o a un paralelismo con Corín Tellado. Esta vez la sangre arde de reflexiones inteligentes y acertadas de las que pasaré a dejar constancia en cuanto el tiempo me lo permita.

-Ahora mismo estoy transportando en el metro mi enfado con Mario Levrero, que se llama el Discurso vacío. Por más oportunidades que le doy, Mario no hace nada para reparar la ofensa, y mucho me temo a las alturas que estamos, que ya no lo hará, o que si lo hace será tan tarde y después de tanta ofensa a mi tiempo y mi inteligencia que ya no podré perdonarle.

Como si al otro lado latiera, de Juan Gracia Armendariz, uno de mis profes preferidos en la EUBD. Lo estoy re-leyendo a consecuencia de un re-encuentro casual y afortunado, buscando el momento de perder la vergüenza y pedirle que me firme el ejemplar. No soy una gran lectora de poesía, así que no puedo hacer más comentario que un escueto “me gusta”. No ha escrito más poesía Juan, sino novela y relato, así que me pregunto si se sonrojará de este empeño poético como pasa a tantos escritores que reniegan de sus versos con el tiempo. Ya le preguntaré y encontraré un momento de leer algunas de sus novelas, que gozan, por cierto de muy buena crítica.

Y así están las cosas en el mes de julio…

PD- Yo no tengo vacaciones de verano como la gente normal. Yo tengo vacaciones de pre-invierno, así que por aqui nos vemos hasta el final de verano, si tengo tiempo, ganas y buenas lecturas.

A su salud, camarada Saramago.

ESTE MUNDO DE LA INJUSTICIA GLOBALIZADA
Este texto fue leído en la clausura del Foro Mundial Social reunido en Porto Alegre (Brasil)

Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.

Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. ‘El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana’, fue la respuesta del campesino. ‘Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?’, replicaron los vecinos, y el campesino respondió: ‘Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta’.

¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido… No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo…

Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.

Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.

¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas…

¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.

No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.

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