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Entrada supersticiosa

Esta reseña no hará justicia a Leov Tolstoi ni a Anna Karenina. Esta reseña será apresurada y mediocre porque soy supersticiosa. No supersticiosa como los que temen a los gatos negros y las escaleras: yo soy una supersticiosa autodidacta. Así las creencias se van creando por sí mismas a lo largo de los días y los sueños. Soy una supersticiosa creativa, y ahora me dio mal fario pensar en no cerrar esta etapa con la reseña del último libro que leí este año. No voy a empezar el año con tareas pendientes, y para conseguirlo estoy dispuesta a acabarlo diciendo boludeces. Me parece mejor final…

Anna Karenina es una “novela total”.

La segunda novela total que yo he leído en mi vida (la primera es el 2666 de Bolaño). Y la califico de total, porque total es su temática: no se puede decir que sea ésta una novela sobre la aristocracia rusa del siglo XIX -aunque consiga un retrato más clarividente que cualquier manual de historia-; no se puede decir que el tema central sea el adulterio, ni la vida conyugal, -aunque el adulterio inicie la trama y siga presente en todas sus variantes, y a pesar de que una adúltera es quien le da nombre a la obra maestra-;  no se puede pensar que sea una novela política -aunque las consideraciones, opiniones y facciones políticas aparezcan casi en cada capítulo-; ni religiosa o moral tampoco, porque si algo está claro es que no pretendía Leov Tolstoi dar lecciones morales, religiosas ni políticas a nadie. También está la muerte en el libro de principio a fin, y no es una alarma ante la Irreversible lo que nos transmite su presencia en esta obra: es que tiene que estar, como está la muerte a lo largo de cualquier vida, y como lo están el desamor, los desencuentros y la duda. Toda esta confluencia de circunstancias vitales importantes junto con lo banal y frívolo, -junto con la hipocresía practicada a conciencia por ciertos circulos sociales- convierten a Anna Karenina en una novela total y en una obra maestra del naturalismo.

Pero todas estas cosas se pueden leer en otros blogs. Ya las han analizado mil veces mejor que yo mil personas antes que yo. Me interesa particularmente de este libro la actualidad que –¡¡¡dos siglos después!!!– puede encontrarse en algunas de sus afirmaciones. Asusta ver cuán poco hemos cambiado:

[…] Ya sabes que el capital oprime al obrero. Nuestros obreros, los campesionos, llevan todo el peso del trabajo y se ven en el caso de que, por mucho que trabajen, no pueden evadirse de su condición de bestias carga. Todo lo que podrían ahorrar de su jornal, con lo que podrían mejorar su situación, conseguir algunas horas de ocio y con ellas alguna educación, todo ello se lo quitan los capitalistas. Y la sociedad está constituida de tal modo que cuanto más trabajan, mayor es el provecho de los comerciantes y terratenientes, mientras que ellos seguirán siendo hasta el fin bestias de carga. Hay que cambiar ese estado de cosas. […]

En otro momento, un terrateniente expresa su contrariedad tras la eliminación del régimen de servidumbre, que para él resultaba mucho más provechoso que el de campesinado, y para reafirmar su posición le espeta otra de esas frases de total actualidad, una que me lleva dando vueltas en la cabeza y que me parece perfecta para poner en duda todo el “paradigma crecimiento” tan aceptado comúnmente y tan discutible en mi opinión.

– Observen, por favor, que el progreso, cualquiera que sea su índole, resulta sólo del ejercicio de la autoridad.

En otro momento muy distante, Liovin reprocha a su cuñado la asistencia a una fiesta con estas palabras:

-No te comprendo. ¿Cómo es que no te da asco esa gente? Comprendo que un almuerzo con buen vino de burdeos es agradable, pero ¿no te repugna ese lujo? Toda esa gente, como los monopolistas de alcohol de otros tiempos, se enriquece de un modo que les acarrea el desprecio de los demás. A ellos les trae sin cuidado ese desprecio, y con el dinero que adquieren de mala manera compran a los mismos que les desprecian. […] Toda ganancia que no es proporcional a un trabajo determinado es inmoral.

-¿Y quién define esa proporción?

-Ganar dinero por medios deshonrosos, por artimañas -dijo Liovin, consciente de que no podía trazar una clara linea divisoria entre la honradez y la deshonra-. La banca, por ejemplo -agregó- . Es una maldad amontonar una fortuna enorme sin trabajar, como lo hacían los monopolistas de antes, sólo que de forma diferente.

No hace falta que repita que lo que me alucina de este libro es que sea tan moderno que cualquier afirmación de sus personajes podría haberse dicho ayer.

 

Ahí queda hecho…

Feliz subida de la luz, el gas, el metro, la electricidad y el paro…

Supertición esquivada, y besos para todos…

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Claus y Lucas… (o viceversa)

 

Hay que leer esta trilogía, sabiendo que en principio no era una trilogía. Hay que leerla esperando la confusión de la guerra y la posguerra: la complejidad de las almas que se forjan en estas circunstancias bélicas: el clima despiadado que obliga a quien haya de sobrevivir a asumir y mezclarse con la más perversa realidad.  

En esas circunstancias nos expone Agota Kristof la capacidad de adaptación de dos niños hermanos y gemelos. Y lo hace con la contundencia más absoluta además.

EL GRAN CUADERNO

La primera parte nos presenta a Claus y Lucas que llegan a la ciudad de K. en tren junto a su madre, para dejarlos al cuidado de su abuela.

La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre. Nosotros la llamamos abuela. La gente la llama la Bruja. Ella nos llama “hijos de perra”. […]

En casa de la abuela decidimos proseguir nuestros estudios sin profesores, solos.

Usando recursos sencillos logra enseguida meternos en el mundo de los dos críos. Su utilización del “nosotros” como narrador autobiográfico, integra a ambos en una sola unidad inseparable. Nos explica también el uso del lenguaje que va a hacer a lo largo de este primer libro; y lo hace de una manera totalmente alejada de artificios.

Para decidir si algo está bien o mal tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. […]

Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos y de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.

Aunque a veces peca de poner en boca de los hermanos conceptos que podrían considerarse demasiado avanzados, la ausencia de una edad de referencia con que guiarnos surte el efecto deseado. También la forma en que narra el resto de hechos de que son testigos o partícipes los hermanos -totalmente alejada del pudor- crea la ilusión deseada de la juventud pervertida por las circunstancias y el entorno. Crecemos y nos endurecemos al ritmo que marcan los bombardeos, y acompañamos a los hermanos hasta su decidida y decisiva separación.

LA PRUEBA

La segunda parte de la historia de los gemelos continúa inmediatamente después de la marcha de Claus, que atraviesa la frontera. En este libro el narrador será omnisciente, lo que nos permite conocer de primera mano los pensamientos y actividades de toda una galería de personajes tan particulares como coherentemente retratados. En esta entrega acudimos a la madurez de Claus, a sus primeras y tortuosas relaciones. Conocemos a un Claus recio y seco, capaz de las mayores salvajadas, como puede observarse en el siguiente diálogo:

El niño duerme en el regazo de su madre. La madre mira a Lucas

–He querido ahogarlo. No he podido.

Lucas pregunta:

–¿Quieres que lo haga yo?

–¿Podrías?

–He ahogado ratas, gatos, cachorros…

–Un niño no es lo mismo

–¿Quieres que lo ahogue o no?

Al final de este libro -para mí el de imágenes más duras- asistimos a la vuelta de Claus a una ciudad de posguerra en la que ya no encuentra a su hermano, y de la que es expulsado por cuestiones burocráticas que lo llevan a la cárcel para desde allí ser repatriado.

El título de esta parte -La Prueba- hace referencia al cuaderno que usará Claus para justificar su procedencia y escapar de la repatriación forzosa. Prueba que de poco le sirve.

LA TERCERA MENTIRA

Este tercer libro de los gemelos da una vuelta de tuerca a todo lo leído anteriormente, generando un enorme extrañamiento en el lector, multitud de preguntas y unas pocas respuestas.

Poco más puedo decir, sin destripar la trilogía sobre esta obra de Kristof. Para mí el lenguaje sin florituras y circunloquios que tanto le han aplaudido a Kristof no constituye un éxito por sí mismo. El estado de desasosiego, desesperanza y confusión que deja en el lector, sin embargo, sí que lo es. Su exposición de las perversiones de la guerra y su exposición sin juicio de los hechos, también. Y la interpretación múltiple que sacará cada lector de este viaje, puede que constituya el mayor logro de la trilogía.

Bienvenidos al retorcido mundo de Agota Kristof. Si te gustan las historias lineales y sencillas, esta autora no es para ti. Para conocerla un poco más, puedes leer esta entrevista que descubre un carácter particular y una visión de la escritura muy alejada de los cánones.

http://www.elpais.com/articulo/semana/interesa/literatura/elpepuculbab/20070224elpbabese_1/Tes

También puedes leer una reseña del otro lado del charco a cargo del amigo argentinísimo Marcelo Zucotti. Ahí la tienes.

http://www.hablandodelasunto.com.ar/?p=7419&isalt=0

La Carretera, por Cormac McCarthy

Últimamente la vida ha sido demasiado caótica, demasiado improvisada y ahora me siento perdida en todo, probablemente en todo, menos en ti. Debiera saber establecer las prioridades y moverme HOY, porque probablemente no habrá un mañana. Y precisamente por eso resulta insultante cumplir con las tontas obligaciones que nos han impuesto; y todos los días -todos- me digo que estamos perdiendo el poco tiempo que nos queda; me digo que no vale la pena tanto cumplir, cumplir y cumplir, si antes de que nos demos cuenta TODO se irá a la mierda. Y me digo: no, no debería perder otro momento en NADA que me resulte desagradable.

Pasan los días junto a ti y esos días sólo me hablan de muerte: diecisiete muertos en carretera. Un piloto japonés muerto en la pista y la muete -una pequeña muerte- se presenta el día lunes a la hora de separarnos; y también se presenta el martes y el miércoles y todos los días en los que cierras desde fuera la puerta a las horas de no estar despierto.  ¿Qué han hecho con la vida? ¿Cómo pueden haber convertido la vida en algo tan vulgar? ¿Cómo podemos soportarlo y por qué, justo ahora que todo se acaba seguimos haciéndolo si vida es otra cosa, que no sucede cuando abro los ojos sino cuando al hacerlo te encuentro?

Pues probablemente porque somos animales como puede constarse en el libro de McCarthy y en cualquier sitio… A veces pienso que el terremoto o bomba o lo que sea que haya sucedido al principio del libro de McCarthy ya ha tenido lugar.

¿Y me gustó este McCarthy o me pasó como con el anterior McCarthy?  Me gustó la historia, me gustó el diálogo que va armando McCarthy, me gustó el mundo apocalíptico que se montó en esta novela. Lo que no me gusta nada es el “estilo McCarthy”.

El estilo McCarthy,  -o el estilo del traductor del susodicho- consiste en explicar sistemática y puñeteramente cada objeto, modificación del mismo y cada movimiento manual o físico que el protagonista o secundario haga. Además es muy importante poner cuatro o cincos “ys” por frase y que cada frase ocupe siete u ocho líneas de texto completas. Es necesario que el lector llegue al punto sin resuello (ya que esto le da mucha emoción al asunto, claro) y saltarse las leyes gramáticas en el diálogo, que son algo completamente pasado de moda: tendencia que ya están empezando a imitar escritores de todo el globo.

No leo más a McCarthy. Está decidido.

Franco me hizo terrorista: memorias del anarquista que intentó matar al dictador

La mejor manera de conocer la historia de nuestro propio territorio es acudir a fuentes externas. La gente que mejor está documentando nuestra historia son foráneos. Bien sabido es que el continuismo del régimen se vale de sus buenas estrategias de marginación, ridiculización y menosprecio de cualquiera que pretenda echar la vista atrás. Por la cuenta que les trae, porque probablemente las poltronas de ciertas altas esferas se quedarían vacías de ser éste un país donde la verdad valiera algo. Pero como no es el caso, he debido enterarme de ciertas cosas, incluido de este caso de intento de magnicidio del dictador, a través de lo que cuentan desde fuera de las fronteras.

Stuart Christie tenía 18 años y ya militaba activamente dentro del movimiento anarquista. Tan activamente como para participar en el atentado que en 1965 trató de acabar con el dictador. El joven escocés no vino directamente a España: pasó por París y conoció a otros militantes, grandes nombres del anarquismo. Entró haciendo auto-stop por la frontera pirenaica, y llegó a Madrid, donde fue detenido en la oficina de American Express, en la que debía recoger una carta con el resto de sus instrucciones que nunca llegó a sus manos, sino a las de la Brigada Político Social. 

¿Quién puso sobre aviso a la policía? ¿Quién actuaba de chivato, de agente doble o de infiltrado? Gran problema en todo movimiento… No se sabe, no se contesta.

Sin embargo sí nos cita otros nombres llamativos, como el de Guerrero Lucas, controvertido nombre de la dictadura y el régimen post-franquista (normalmente llamado “democracia”)  infiltrado en Defensa Interior (una de las ramas radicales de CNT) y posterior consejero de Rafael Vera fuertemente implicado en los GAL.  Muestra de lo poco socialista que es es el socialismo español oficial y ejemplo también de cómo se premia en nuestro país el cinismo y la mezquindad.

Os podría contar más cosas. Muchas más cosas que aparecen en este libro. Demasiadas, quizá. Por eso creo que los libros políticos deberían escribirse con menos conocimientos. Ojalá Christie hubiera escrito su testimonio desde dentro de la cárcel, o quizá nada más salir, con menos información y menos perspectiva. Con la inocencia y la perplejidad aún intactas.

De su paso dentro de la cárcel advertimos que tras el grito de Millán Astray ¡Muera la inteligencia! el lugar donde la intelectualidad, las letras y el intercambio de opiniones era más fluido sin duda era la cárcel, atestada de profesores universitarios, estudiosos y literatos de toda índole que debieron compartir exquisitas tertulias dignas del mejor salón de té.

Con este libro me pasó como con la mayoría de libros que cuentan hechos políticos: demasiada información, poca literatura…  Lógico. En todo caso, las referencias a libros, ideas y ética de Stuart, el resto de presos y del movimiento anarquista no dejará indiferente a nadie.

Eso sí: debía haberse dejado a cargo de un buen prosista la reescritura de la obra. A pesar de que Stuart ha editado y escrito multitud de libros, el estilo podría “remozarse”.

¿Por qué éste, Levrero?

Al hilo de la lectura de otras reseñas sobre este libro, y como siempre que he de hacer una crítica negativa, me pregunto si soy una inculta…  Me pregunto por qué otros ven cualidades donde yo no veo nada, y me digo «hiciste bien: este blog que se llama Blues Mund está en la calle diariomediocre, así que puedes desfogarte agusto porque tu opinión es nada; es sólo un apunte en una hoja que se desplaza por el aire hacia el vertedero. Dí lo que desees, loca.»

Así que lo digo: Me pareció que el Discurso Vacío de Levrero hace justo honor a su nombre con un desfile de naderías recalcitrantes.

El cabreo con Mario llegó a ser tan fuerte que lo acuso de megalomanía, egocentrismo y falta de humildad -valga la redundancia- puesto que este refrito de diario, ejercicios caligráficos y queja formalizada, me parece del todo prescindible en la historia de la Literatura y la tala de árboles.

El pretexto utilizado aqui para el desarrollo del discurso son unos ejercicios caligráficos que Levrero realiza como terapia, puesto que cree poder mejorar su estado anímico y sicológico mediante el control de la letra manuscrita.  Con esta excusa de ejercitar diariamente su mano se genera un diario informal, producto de la imposibilidad de garabatear letras acerca de nada.

Los temas que surgen mediante estos ejercicios no son muy variados ni muy originales: la falta de tiempo y la imposibilidad de concentración en su labor, la acumulación de tareas sin importancia, las distracciones a causa de la vida familiar, sus mascotas, etc.

Muchas veces me irrita la falta de humildad de algunos escritores: pareciera que creen que sus temas, sus escritos, sus opiniones o su cotidianidad son indispensables y dignos del mérito de la letra de imprenta; otras muchas veces se echan las manos a la cabeza porque la sociedad no les permite vivir de su trabajo, como si estuvieran por encima del vulgo que arrastra sus vidas de mierda y sus despertadores por doquier…, y yo a veces me pregunto por qué creen que ellos deben vivir una vida al margen de las vidas de mierda del común de los mortales…, por qué nos creemos que tenemos algo que debe salvarnos de una vida de mediocridad y anonimato… ¿Qué hemos hecho para eso? ¿Escribir? ¿Disfrutar? ¿Y por qué si nosotros pedimos comer de lo que nos hace felices, no va a poder un albañil cualquiera exigir el pago por su partidilla de mus dominical, a la que también dedica sus anhelos, neuronas y tiempo libre?

Me pregunto esto porque lo único que podría haber salvado mi experiencia con esta novela es pensar que es obra póstuma, obra salvada de la quema por allegados que encuentran entre sus papeles algo con la continuidad suficiente para publicarlo; obra que el autor considerase absolutamente prescindible o no publicable y que para gozo de seguidores se libera tras su desaparición… Pero la introducción a la obra -del mismo Levrero- aleja esta posibilidad. Este crimen fue cuidadosamente planeado…

Y yo me irrito con Levrero por pensar que sus ejercicios caligráficos, su diario, su frustración y su cotidianidad nos son interesantes. Yo me irrito con Levrero que me va describiendo día a día su trabajo de dibujante de letras, y el éxito o fracaso de la empresa, con el Levrero que lanza críticas a su mujer…, me irrito con Levrero que sólo me ha contado de interesante la historia de su perro y su gato el macarra, aunque me importa una mierda su perro, su gato, su mujer, y sus neuras y me molesta que se crea lo suficientemente importante como para que a alguien le importe su estado de ánimo si no es a su perro,  a su gato, a su mujer o a su editor; y me molesta también que lo haga con la excusa de “saber quién es y encontrarse” porque ese es un ejercicio íntimo, y no público, y porque al fin y al cabo, Levrero, lo que somos -deberías saberlo o quizá en la ausencia ya lo sabes- es nada: un pedo en una marea constante de vida y muerte, en el que a pesar de los delirios de grandeza de algunos, a pesar de las enciclopedias y los libros de texto con nombres y fotos de color, no somos nada. Apenas una huella en la orilla que será borrada en el próximo segundo. Eso somos, Levrero: tú y todos.  Somos nada y nada más.

El caso Kurílov, de Irène Némirovsky.

[…]←Adiós, Sr. Legrand, buen viaje. Espero que volvamos a vernos.

Repuse que todo era posible, y nos separamos.

Pero al amanecer me despertó un ruido de pasos y voces ahogadas en el jardín. Me acerqué a la ventana y, por los intersticios de la persiana, vi al pobre Kurílov acompañado de una especie de policía, fácilmente reconocible pese al disfraz. Recordé haberlo visto con el ministro en varias ocasiones, cuando éste iba a presentar sus informes azar. Comprendí que iba mandar que me siguieran. Como de costumbre, procedía con muy poca habilidad; pero fue el único momento de nuestra relación en que, de pronto, experimenté odio auténtico. Al ver a aquel hombre seguro de sí mismo, poderoso, tranquilo, que en su jardín, con una escueta orden, podía lograr que me siguieran como a un animal, encerraran y colgarán, comprendí que en determinados casos es fácil matar a sangre fría. En ese instante le habría descerrajar un tiro de revolver en pleno rostro con entera satisfacción.

Pero entretanto había que huir, y eso fue lo que hice. A la vista de todo el mundo tome un tren hacia San Petersburgo, seguido por un policía, pero durante la noche me apeé en una de las pequeñas estaciones de montaña, desde donde gane en la frontera persa. Me quedé unos días en Persia; allí cambié mi pasaporte suizo por la documentación que me facilitaron los miembros del grupo revolucionario de Teherán, a nombre de un vendedor de alfombras del país, y a finales de setiembre volví a Rusia. […]

Si a algo doy importancia en un autor es a su capacidad de empatía con los semejantes y no tan semejantes. Sin esta capacidad, lo que cuenta no vale nada.

La capacidad de Irène para interpretar y justificar a sus semejantes y sus contemporáneos debió de ser imponente: eso es lo primero que puede uno sacar en claro de la lectura de El caso Kurílov, especialmente tras esbozar una biografía minúscula de su autora.

Esta judía nacida en Kiev en 1903, huyó de la Revolución Bolchevique junto a sus padres hacia París en 1919 y en 1929 se inicia su carrera literaria con la publicación de su novela David Golder. La Segunda Guerra Mundial dirigió su destino hacia Auschwitz, donde encontraría la muerte como su marido y otros tantos judíos asesinados.

En El caso Kurílov no hay buenos ni malos: no hay categorizaciones, ni moralinas, ni moralejas, ni panfletos a favor ni en contra. Lo que hay a cambio es una complejísima caracterización psicológica que desvela el conocimiento y el interés de Nemirovsky por indagar en lo más profundo de nuestro ser.

Kurílov es un ministro de Instrucción Pública en tiempos del zar Nicolás II. Su médico es en realidad un revolucionario bolchevique que ha conseguido infiltrarse a su servicio y que planea matarlo. Aunque Kurílov ya está muriéndose, y eso cambia todo: cambian las motivaciones, cambian las miradas, cambia el propio Kurílov.

La relación entre verdugo y víctima, papeles perfectamente intercambiables esta vez, es cada vez más estrecha y compleja; se llena de contradicciones: ternura, compasión, odio e incomprensión a cada minuto, muta con cada acontecimiento, como la vida misma.

Aún sigo impresionada con la capacidad de Nemirovsky para perdonar y amar, para ponerse en situación y comprender a quien no quiso comprenderla a ella.

Y pienso que si no es para hacer un ejercicio de empatía, la Literatura no sirve para nada.

Pero es que la Literatura ya es en sí misma un fin, no un medio, y eso es lo que tienen en común las Artes en mayúscula.

Y además quién soy yo…

Crecer con Mircea Eliade.

Confieso que pequé de prejuicio cuando me decepcioné al leer la contraportada de este libro. Pensé que se trataba de otro de esos artefactos editoriales que se aprovechan de la muerte ajena para colarte dos-novelas-al precio-de-una, de lo que en su tiempo el mismísimo autor no quiso publicar: algún tipo de experimento editorial entre la ambición de originalidad y el ánimo de lucro…

Nada de eso. Se complementan uno al otro, y casi diría que se hacen indispensables. Se completan y forman un todo indivisible y delimitadísimo; se desvela la formación en la que se gestará el genio.  Asistimos a la transformación, a la madurez, a la perversión de la inocencia. Y si en uno se nos confiesa un niño tierno e insatisfecho, en el siguiente asistimos a la conversión terrible en adulto del genio Mircea.

Reseñé el primer libro desganada, la verdad, aunque no sé por qué: me caía realmente simpático ese joven, inseguro y feo que apenas era capaz de batirse en duelo con su voluntad: siempre doblegado por su incontrolable afición por las Letras  resultaba humillado por las obligaciones que iba descuidando (y por el profesor de física).

Distinto ha sido el encuentro con el joven y ambicioso Eliade universitario que se vanagloria de sí mismo en Gaudeamus.

Lo he detestado tanto como a ratos se detesta él a sí mismo: su soberbia, su afán de ascetismo, la prepotencia que supura su discurso me resulta ridículo  e incluso indignante a ratos…

Pero es él, Mircea Eliade, el puro genio creador, el pequeño dios insolente, tal como es un genio extravagante y verdadero a los veintipocos años… ¡Insoportable con h! ¡Dan ganas de asesinarlo! Me cayó realmente mal, aunque eso, en el subconsciente de cada uno queda y  para eso hay que conocer de primera mano.

Afirma unas cosas horribles sin pestañear sobre el alma de las mujeres, y tortura psicológica y sentimentalmente a una jovencita para llevar a cabo su particular “heroicismo”. El muy enfermo modela a su imagen y semejanza a una chica, la estimula  -intelectualmente- para llevar a cabo uno de sus experimentos heroicos: el heroicismo supone para Mircea el sacrificio y la automutilación, al parecer.

En fin, como deciros que Mircea fue un personaje más tarde pervertido por su entorno social:  abrigó a los regimenes totalitarios y  al antisemitismo, en particular.  Pero también fue un reputado filósofo, historiador y ensayista.

Como decíamos el otro día en algún lugar del ciberespacio, “no está reñido el ser un escritor magnífico con ser un grandísimo hijo de puta”, como lo es cualquiera que se adhiera a los mandamientos de la Guardia de Hierro o aliente a los racistas.

Pero bueno, yo ví crecer a Mircea, y le deseé lo mejor, incluso que cambiara un poquito cuando ví que se mostraba tan endiosado consigo mismo… Pero el bueno de Mircea había muerto.

Y es una pena porque yo lo ví crecer y no tenía ni idea de en qué se convertiría.